martes, 4 de agosto de 2009

SIN DÍA Y SIN MES ó 4 DE AGOSTO

(Última carta a Luciana)
Te encuentro en cada cosa que me falta.
Te percibo entera o en partes,
en el espacio vacío en el que solían estar.
Te encuentro en el abismo que se abre en mi camino
cuando corro tras tu sombra,
que se posa al otro lado sabiéndose inalcanzable.
Pero esa no sos vos.
Te encuentro en los gestos que te copié,
en los sabores y los aromas, nuez moscada y pimienta verde,
apareces en la primera nota de una canción,
en una intersección de calles,
en tus números, en tus homónimos, en tus miedos.
¿Cómo sonará tu voz?
Si por un momento lo olvido,
si ahogado en distracciones lo permito,
al caer en cuenta te encuentro
y sucumbo
al saber que tu olvido es tu éxito,
que no soy nada, que no soy nadie, que no soy ningún lado,
sólo el carcelero de un fantasma
que alguna vez fue carne
y alguna vez fuimos Agosto.
Te encuentro en este grito reprimido.
En la ausencia de perfección, tan palpable.
Cuando forzado a salir a buscar
lo que bien se que no existe ahí afuera
te encuentro diciéndome que no me vaya
que nos quedemos juntos, festejando,
y yo acepto
consciente del engaño de tu sombra.
Porque esa no sos vos.
Pero es Agosto.

sábado, 1 de agosto de 2009

IBÍDEM

-¿Que es lo peor que podría pasar?
-Que ya no despertemos.
-Entonces tal vez no deberíamos hacerlo, dijo ella.
-No importa, dijo él, y apagó la luna.

viernes, 31 de julio de 2009

HASTA EL PROXIMO HASTA NUNCA

La noche ha invadido los rincones,

La oscuridad se destila en un vaso turbio.

Afuera parece haber un mundo,

muchedumbres innecesarias, candados más grandes.

¿Para qué irme? ¿Para qué quedarme?

¿Para qué esperarte?

Si todos se han ido, vacíos y oscuros rincones

que cubren mi rostro bajo baldosas frías.

Salvo la luna y ella, la calidez y una caricia

que llegó para ser mi amiga

justo a tiempo.

Los ojos se abren entre apretados arrepentimientos

en un fino agradecimiento.

Lo que no debe ser no volverá a ser, decís,

mientras sostenes mis manos sin pulso.

Furia y sonrisas se mezclan con estupro y bondad,

el llanto se funde entre las lenguas,

las mentiras y los deseos me adormecen.

No te arrepientas, no pensemos, no decidas nada aún,

que afuera es de noche y está helando,

y aquí adentro estás velando por mi alma,

para que no se extinga, para que me perdone,

para que vea el sol cuando amanezca,

para ser mi amiga,

justo a tiempo.

martes, 28 de julio de 2009

SOBREVIVIR

“La única manera de sobrevivir cuando estás realmente enamorado es disimularlo ante la mujer a la que amas, fingir en cualquier circunstancia un ligero desapego. ¡Qué tristeza en esta simple constatación!¡Qué acusación contra el hombre!... Sin embargo nunca se me había ocurrido poner en duda esa ley, ni pensar en sustraerme a ella; el amor te vuelve débil, y el más débil de los dos acaba oprimido, torturado y finalmente muerto a manos del otro, que por su parte oprime, tortura y mata sin intención de hacer daño, sin sentir placer alguno por ello, con una total indiferencia; eso es lo que los hombres, por regla general, llaman amor.”


De "La posibilidad de una isla", de Michel Houellebecq.

sábado, 11 de julio de 2009

LA SONRISA DE LA BAILARINA

Aquí, abajo, la danza es para todos.

Aquí, abajo, el hechizo es sólo mío.

Baila y sonríe con sus ojos.

Sus labios leen las rimas escritas en el aire.

Al alcance de mis brazos, inalcanzable en el cielo,

Dueña de los sutiles milenios en un dulce giro,

Y el dobladillo de su pollera cosido de apuro esa tarde.

La música la recorre, la posee,

Se posa en cada detalle, en cada gesto de su intérprete,

se posa en sus caderas, se posa en sus pies,

en las hebillas en su cabello

que enmarcan un rostro iluminado,

pintado en mis pupilas

de boca rosa y purpurina.

Mi bailarina danza en el cielo,

Me mira y sonríe,

Cómplice comparte una porción de su eternidad conmigo,

Y aquí abajo el hechizo es sólo mío.

Una cítara o un escudo, ¿qué necesito?

Ya entregado no podré escapar,

cautivo de su movimiento.

Quiero ser la música.

Anhelo la caricia de su imagen, abrigarla en su descenso.

Por siempre, bailarina.

Tu sonrisa y tu magia desplegada.

Por siempre, mi bailarina.




Para Lulú, siempre...

sábado, 20 de junio de 2009

ESTA PUERTA NO DEBE SER ABIERTA

Dobló la esquina y un rayo de sol le golpeó directamente en los ojos cegándola. Tuvo que frenar su andar presuroso y por unos segundos solo existieron los sonidos de la peatonal Córdoba, los pasos, los murmullos de la gente, los vendedores, el silbato de un agente, el acordeón de un anciano que tocaba por monedas una canción irreconocible. Entreabrió los ojos divisando simplemente siluetas negras sobre un fondo anaranjado por un sol de las seis de la tarde que iba cayendo al final de la calle. Retomó lentamente el paso haciéndose visera con una mano, y un azul, luego un rojo, luego rostros y finalmente las vidrieras de los negocios reaparecieron a su vista.
Había ido a comprarle un regalo a su hermana para su cumpleaños, talvez una lámpara…
No tenía mucho tiempo para perder, sólo el necesario para encontrar algún objeto que combinara buen precio con medianamente buen gusto, además se había comprometido a preparar una torta, de lo cual ya se estaba arrepintiendo.
Y a lo lejos, de espaldas, vio a un hombre caminar lentamente por el medio de la peatonal, conversando con una mujer a su lado, desinteresado del contexto de una calle atiborrada de gente. Su espalda ancha y su corte de cabello (que parecido es). Un colectivo y un par de autos detuvieron su marcha al llegar a la esquina, oportunidad para acercarse algunos pasos más y mirar mejor. La mujer debe haber dicho algo gracioso, pensó (¿puede una nuca sonreír?), aparentemente si. La escuchaba hablar encorvándose levemente para acercarse a sus palabras y mirando el piso como concentrándose en ellas, movimiento de hombros, manos en los bolsillos (debe ser él). Reconoció la camisa, blanca a cuadros azules, ella se la había regalado alguna vez (¿o era blanca a rayas, o era azul lisa?). Sin embargo no pudo detectar en su memoria ese pantalón de vestir azul o esos zapatos negros y brillantes dentro de su guardarropa (si es él tiene unos kilos de mas, y si, claro, pero le sientan bien). Vino a su mente el día en que se conocieron, atravesaron la ciudad a pie, calles desiertas a esa hora, en las que solo retumbaban sus palabras, y los destinos iban quedando estériles cada vez que una anécdota se convertía en otra. Una noche en la que no era tarde para nada, sus palabras eran consumidas con interés por éste hombre con sus manos en los bolsillos, y comenzaba a desplegarse algo más grande que la madrugada y todas sus estrellas.
El local al que pensaba entrar había quedado atrás y no se había dado cuenta sumergida en la curiosidad, sin recalar siquiera un segundo en lo enfermizo de su actividad. El hombre y la mujer apuraron el paso más adelante luego de que él sacara una mano del bolsillo y sacudiera su muñeca haciendo tiritar un reloj que de seguro les avisaba que era tarde para algo. Más atrás ahora era ella la detenida en la esquina por el transito mientras miraba atónita la escena (ese es el reloj, si, es él). El arrebato súbito en su sangre por la duda despejada dio paso instantáneamente a la perplejidad total. “No, no puede ser él” dijo en voz alta y clara, y ella lo sabía bien, pues había sido ella y nadie más, la que sentada al borde de la cama le sostenía la mano mientras moría, hace ya casi seis años.
Se conocieron y se enamoraron, en el fondo todas las historias de amor se parecen, lo que las diferencia son las razones para permanecer juntos. A la larga para ellos fue la necesidad, la lástima y el sentido de la obligación. Llevaban dos años de un noviazgo dulce cuando decidieron convivir, habiendo ahorrado lo suficiente como para comprar los elementos básicos, y lograr convertir el pequeño departamento que alquilaron en un hogar. Solo dos meses después de que todo hubiera salido del las cajas de la mudanza, que la habitación quedara perfectamente pintada del color elegido, que se hubiera colocado el aplique de luz que faltaba en la cocina, que los cuadritos comprados en oferta se hubieran colocado simétricamente en las paredes, después de apenas sesenta despertares en mañanas que eran propias, entre sábanas nuevas para la ocasión y cortinas que hacían juego con el cubrecama, él descubrió que el cáncer se había desparramado tanto en su cuerpo que ya no había nada que hacer. Y fue justamente por eso que decidió no combatirlo. Cuatro meses duró la agonía, los dos últimos él ya no se levantó de la cama, y cada día podía notarse cómo ambos habían muerto un poco durante la noche. En las horas finales ella se sentaba a su lado y le leía, y él hacía de cuenta que escuchaba, en un ambiente tan denso y silencioso, de palabras susurradas, que podía oírse el segundero de su reloj pulsera en la pausa de cada punto y aparte. Y él se fue, y ella sostenía su mano, y el segundero inexplicablemente seguía marchando. Se mudo de aquél departamento en cuanto el último objeto fue arrojado en las mismas cajas en las que habían llegado, dejando “de regalo” el aplique de la cocina y los cuadros colgados en la pared, en el apuro de huir del escenario de sus desgracias, y se prometió nunca volver siquiera a pasar por esa calle, aunque con el tiempo lo hiciera simplemente porque era el trayecto más corto para llegar a algún lado.
Cayó en cuenta de ese detalle y hasta casi sonrió pensando en los efectos apaciguadores del paso del tiempo. Igual su notorio parecido le seguía resultando impactante, aunque si talvez lo viera de frente vería que su nariz era más grande o que sus ojos no eran verdes (no, claro que no puede ser él, pero, ¿quién podrá ser ella?). Por la elegancia uniformada que se desprende de sus vestimentas se pensaría que son compañeros de trabajo, además de ese aire de cordialidad formal que surge de su lenguaje corporal. De seguro no es su pareja, ella es rubia, y él siempre sintió debilidad por las morochas (las morochas como yo), además ella va fumando un cigarrillo, vicio que él considera antiestético y poco femenino, por otro lado él es… (No, él no es)
Nunca volvió a pensar en cómo se hubiera desarrollado su vida si él no hubiera muerto. Talvez tendrían hijos, y sin embargo la idea de ser madre hoy le resultaba todavía lejana. Mucho menos se imaginó que haría o que le diría si volviera a tenerlo enfrente. No era necesario hacerlo, pues cuando él se fue se fue para siempre.
Así y todo ella seguía caminando, tratando de acortar distancias con aquél extraño, a ver si de una vez por todas podía ver su rostro, otra vez.
En un momento él se detuvo y se despidió con un beso en la mejilla de su acompañante, ella sonrió mientras hacía un comentario y se alejaba saludando. Ahora él estaba sólo, era el momento de acercarse y terminar con este sinsentido. Él caminó unos pasos y en un giro brusco entro en una galería. Ahora ella no podía verlo (corré, corré). Su respiración se agito y corrió sin darse cuenta tras él con un ahogo salado en la garganta. Una puerta de vidrio comenzaba a cerrarse lentamente al costado de una zapatería, que mostraba tras de sí un corto pasillo alfombrado y al final del mismo una espalda a cuadros que subía una escalera hasta perderse. En la entrada un cartel blanco rogaba en letras negras “Esta puerta no debe ser abierta”. Ella lo leyó a medida que iba acortando los pasos. Se detuvo para recuperar el aliento y dio media vuelta.
Recordó dónde podía comprar una linda lámpara por calle San Luis.

viernes, 19 de junio de 2009

O MAKE ME A MASK

O make me a mask and a wall to shut from your spies
Of the sharp, enamelled eyes and the spectacled claws
Rape and rebellion in the nurseries of my face,
Gag of dumbstruck tree to block from bare enemies
The bayonet tongue in this undefended prayerpiece,
The present mouth, and the sweetly blown trumpet of lies,
Shaped in old armour and oak the countenance of a dunce
To shield the glistening brain and blunt the examiners,
And a tear-stained widower grief drooped from the lashes
To veil belladonna and let the dry eyes perceive
Others betray the lamenting lies of their losses
By the curve of the nude mouth or the laugh up the sleeve.

Dylan Thomas
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