Dobló la esquina y un rayo de sol le golpeó directamente en los ojos cegándola. Tuvo que frenar su andar presuroso y por unos segundos solo existieron los sonidos de la peatonal Córdoba, los pasos, los murmullos de la gente, los vendedores, el silbato de un agente, el acordeón de un anciano que tocaba por monedas una canción irreconocible. Entreabrió los ojos divisando simplemente siluetas negras sobre un fondo anaranjado por un sol de las seis de la tarde que iba cayendo al final de la calle. Retomó lentamente el paso haciéndose visera con una mano, y un azul, luego un rojo, luego rostros y finalmente las vidrieras de los negocios reaparecieron a su vista.
Había ido a comprarle un regalo a su hermana para su cumpleaños, talvez una lámpara…
No tenía mucho tiempo para perder, sólo el necesario para encontrar algún objeto que combinara buen precio con medianamente buen gusto, además se había comprometido a preparar una torta, de lo cual ya se estaba arrepintiendo.
Y a lo lejos, de espaldas, vio a un hombre caminar lentamente por el medio de la peatonal, conversando con una mujer a su lado, desinteresado del contexto de una calle atiborrada de gente. Su espalda ancha y su corte de cabello (que parecido es). Un colectivo y un par de autos detuvieron su marcha al llegar a la esquina, oportunidad para acercarse algunos pasos más y mirar mejor. La mujer debe haber dicho algo gracioso, pensó (¿puede una nuca sonreír?), aparentemente si. La escuchaba hablar encorvándose levemente para acercarse a sus palabras y mirando el piso como concentrándose en ellas, movimiento de hombros, manos en los bolsillos (debe ser él). Reconoció la camisa, blanca a cuadros azules, ella se la había regalado alguna vez (¿o era blanca a rayas, o era azul lisa?). Sin embargo no pudo detectar en su memoria ese pantalón de vestir azul o esos zapatos negros y brillantes dentro de su guardarropa (si es él tiene unos kilos de mas, y si, claro, pero le sientan bien). Vino a su mente el día en que se conocieron, atravesaron la ciudad a pie, calles desiertas a esa hora, en las que solo retumbaban sus palabras, y los destinos iban quedando estériles cada vez que una anécdota se convertía en otra. Una noche en la que no era tarde para nada, sus palabras eran consumidas con interés por éste hombre con sus manos en los bolsillos, y comenzaba a desplegarse algo más grande que la madrugada y todas sus estrellas.
El local al que pensaba entrar había quedado atrás y no se había dado cuenta sumergida en la curiosidad, sin recalar siquiera un segundo en lo enfermizo de su actividad. El hombre y la mujer apuraron el paso más adelante luego de que él sacara una mano del bolsillo y sacudiera su muñeca haciendo tiritar un reloj que de seguro les avisaba que era tarde para algo. Más atrás ahora era ella la detenida en la esquina por el transito mientras miraba atónita la escena (ese es el reloj, si, es él). El arrebato súbito en su sangre por la duda despejada dio paso instantáneamente a la perplejidad total. “No, no puede ser él” dijo en voz alta y clara, y ella lo sabía bien, pues había sido ella y nadie más, la que sentada al borde de la cama le sostenía la mano mientras moría, hace ya casi seis años.
Se conocieron y se enamoraron, en el fondo todas las historias de amor se parecen, lo que las diferencia son las razones para permanecer juntos. A la larga para ellos fue la necesidad, la lástima y el sentido de la obligación. Llevaban dos años de un noviazgo dulce cuando decidieron convivir, habiendo ahorrado lo suficiente como para comprar los elementos básicos, y lograr convertir el pequeño departamento que alquilaron en un hogar. Solo dos meses después de que todo hubiera salido del las cajas de la mudanza, que la habitación quedara perfectamente pintada del color elegido, que se hubiera colocado el aplique de luz que faltaba en la cocina, que los cuadritos comprados en oferta se hubieran colocado simétricamente en las paredes, después de apenas sesenta despertares en mañanas que eran propias, entre sábanas nuevas para la ocasión y cortinas que hacían juego con el cubrecama, él descubrió que el cáncer se había desparramado tanto en su cuerpo que ya no había nada que hacer. Y fue justamente por eso que decidió no combatirlo. Cuatro meses duró la agonía, los dos últimos él ya no se levantó de la cama, y cada día podía notarse cómo ambos habían muerto un poco durante la noche. En las horas finales ella se sentaba a su lado y le leía, y él hacía de cuenta que escuchaba, en un ambiente tan denso y silencioso, de palabras susurradas, que podía oírse el segundero de su reloj pulsera en la pausa de cada punto y aparte. Y él se fue, y ella sostenía su mano, y el segundero inexplicablemente seguía marchando. Se mudo de aquél departamento en cuanto el último objeto fue arrojado en las mismas cajas en las que habían llegado, dejando “de regalo” el aplique de la cocina y los cuadros colgados en la pared, en el apuro de huir del escenario de sus desgracias, y se prometió nunca volver siquiera a pasar por esa calle, aunque con el tiempo lo hiciera simplemente porque era el trayecto más corto para llegar a algún lado.
Cayó en cuenta de ese detalle y hasta casi sonrió pensando en los efectos apaciguadores del paso del tiempo. Igual su notorio parecido le seguía resultando impactante, aunque si talvez lo viera de frente vería que su nariz era más grande o que sus ojos no eran verdes (no, claro que no puede ser él, pero, ¿quién podrá ser ella?). Por la elegancia uniformada que se desprende de sus vestimentas se pensaría que son compañeros de trabajo, además de ese aire de cordialidad formal que surge de su lenguaje corporal. De seguro no es su pareja, ella es rubia, y él siempre sintió debilidad por las morochas (las morochas como yo), además ella va fumando un cigarrillo, vicio que él considera antiestético y poco femenino, por otro lado él es… (No, él no es)
Nunca volvió a pensar en cómo se hubiera desarrollado su vida si él no hubiera muerto. Talvez tendrían hijos, y sin embargo la idea de ser madre hoy le resultaba todavía lejana. Mucho menos se imaginó que haría o que le diría si volviera a tenerlo enfrente. No era necesario hacerlo, pues cuando él se fue se fue para siempre.
Así y todo ella seguía caminando, tratando de acortar distancias con aquél extraño, a ver si de una vez por todas podía ver su rostro, otra vez.
En un momento él se detuvo y se despidió con un beso en la mejilla de su acompañante, ella sonrió mientras hacía un comentario y se alejaba saludando. Ahora él estaba sólo, era el momento de acercarse y terminar con este sinsentido. Él caminó unos pasos y en un giro brusco entro en una galería. Ahora ella no podía verlo (corré, corré). Su respiración se agito y corrió sin darse cuenta tras él con un ahogo salado en la garganta. Una puerta de vidrio comenzaba a cerrarse lentamente al costado de una zapatería, que mostraba tras de sí un corto pasillo alfombrado y al final del mismo una espalda a cuadros que subía una escalera hasta perderse. En la entrada un cartel blanco rogaba en letras negras “Esta puerta no debe ser abierta”. Ella lo leyó a medida que iba acortando los pasos. Se detuvo para recuperar el aliento y dio media vuelta.
Recordó dónde podía comprar una linda lámpara por calle San Luis.
sábado, 20 de junio de 2009
viernes, 19 de junio de 2009
O MAKE ME A MASK
O make me a mask and a wall to shut from your spies
Of the sharp, enamelled eyes and the spectacled claws
Rape and rebellion in the nurseries of my face,
Gag of dumbstruck tree to block from bare enemies
The bayonet tongue in this undefended prayerpiece,
The present mouth, and the sweetly blown trumpet of lies,
Shaped in old armour and oak the countenance of a dunce
To shield the glistening brain and blunt the examiners,
And a tear-stained widower grief drooped from the lashes
To veil belladonna and let the dry eyes perceive
Others betray the lamenting lies of their losses
By the curve of the nude mouth or the laugh up the sleeve.
Dylan Thomas
Of the sharp, enamelled eyes and the spectacled claws
Rape and rebellion in the nurseries of my face,
Gag of dumbstruck tree to block from bare enemies
The bayonet tongue in this undefended prayerpiece,
The present mouth, and the sweetly blown trumpet of lies,
Shaped in old armour and oak the countenance of a dunce
To shield the glistening brain and blunt the examiners,
And a tear-stained widower grief drooped from the lashes
To veil belladonna and let the dry eyes perceive
Others betray the lamenting lies of their losses
By the curve of the nude mouth or the laugh up the sleeve.
Dylan Thomas
jueves, 18 de junio de 2009
NI SIQUIERA ESTOY REALMENTE MUERTO
Ni siquiera estoy realmente muerto.
Al menos una piedra tallada con mi nombre,
Un par de líneas en el periódico,
mi rostro en marcos dorados,
flores nuevas
tendría,
la divinidad y la esclavitud
de recuerdos mentirosos,
lágrimas de niñas,
voluntad de últimas palabras,
una cama y una presencia,
un fantasma en los sueños y en las camisas,
resumen y conclusión,
café y susurros al oído.
Verte, aunque no me veas.
En cambio solo tengo esto,
inmortalidad.
Estertor de los que no pueden ya realmente morir,
por haber sido olvidados.
sábado, 30 de mayo de 2009
ÉL Y ELLA
Ella lo miró esperanzada. Ambos sabían que la última vez había sido poco. Que ésta vez sería poco. Que núnca tendrían bastante. Él esquivaba las preguntas casi sin delicadeza. No tenía una formula para decir las cosas que crecían dentro suyo, sólo las sacaba y las amontonaba de una forma torpe. Talvez, sin embargo, su mayor virtud haya sido saberlo y persistir. Aún así no fue por ello que miraba el piso en busca de excusas. Deseaba odiarla. Deseaba poder mirarla a los ojos y sentir a un ser prescindible. Deseaba mirar esos ojos.
Ella sabía que él era la mitad de hombre de lo que podría ser, que no daba la talla de tal. De no saberlo, hace mucho que le habría dicho adios. Disfrutaba el darle entereza, el tener ese poder. Buscó, encontró, levantó su mirada. Ahora él la miraba. Allí tuvo la certeza de su propia culpa. Ya no quería momentos adecuados, ya habían pasado algunos, y habría más, y más raspaban la corteza, dejaba al descubierto las fisuras.
Ella no facilitaba el trabajo. Se reía, entrecerraba los ojos, miraba fijo. Una de esas risas que invitan a no irse nunca, que aniquilan el contexto, que congelan el momento en el fondo de la memoria. La envidió por especial. Él ya no podía huir del presente. Alguna vez pensó que el tiempo lo haría ser como los otros, y no lo fué. Todos pretenden ser soñadores delirantes, poetas patéticos. Él también. En eso sí no tuvo el tiempo la gentileza de diferenciarlo.
Ella pendía de un hilo muy delgado, de una estabilidad promiscua, en una estudiada fantasía, aunque dificilmente se sintiera comprendida. A los ojos del mundo era un espíritu libre, pero estaba llena de responsabilidades celestiales. La vida dibujaba en ella señas de que nunca la dejaría en paz, que la harían dudar.
Como dudaba él. Acaso esa persona frente suyo no fuera de carne y hueso, si los demás o sólo él podían verla. Como fuera, ella no simulaba, no fingía para nada. Pues no tenía espectativas de las extravagancias que otros anhelaban para sí. Considerarse a sí misma en una sociedad ideal le parecía opaco y triste, una utopía de la gente sin destino. Hubiera preferido subir el escalón a otra realidad.
Adónde él fuera ella iría. Adónde ella fuera él moriría. Ya no había cuerpo que sanar, era la hora de defenderse, de olvidar, de decidirse entre la felicidad esporádica o el equilibrio de la razón, de la paz ficta, de oir la desesperación de cada segundo al irse, de estar vivo hasta no estarlo más.
Fué sólo un momento el que se mantuvieron en silencio, inmóviles, en el que ella lo miró esperanzada, y luego él la miró también, y ella rió, y él ya no pudo odiarla. Fue sólo un momento, que pasó, y ella dijo adiós, y él dijo adiós; y ella pensó adiós, y el pensó perdón.
Otra vez el tiempo había sido poco.
Para mi "amiga" Jorgelina (1999)
Ella sabía que él era la mitad de hombre de lo que podría ser, que no daba la talla de tal. De no saberlo, hace mucho que le habría dicho adios. Disfrutaba el darle entereza, el tener ese poder. Buscó, encontró, levantó su mirada. Ahora él la miraba. Allí tuvo la certeza de su propia culpa. Ya no quería momentos adecuados, ya habían pasado algunos, y habría más, y más raspaban la corteza, dejaba al descubierto las fisuras.
Ella no facilitaba el trabajo. Se reía, entrecerraba los ojos, miraba fijo. Una de esas risas que invitan a no irse nunca, que aniquilan el contexto, que congelan el momento en el fondo de la memoria. La envidió por especial. Él ya no podía huir del presente. Alguna vez pensó que el tiempo lo haría ser como los otros, y no lo fué. Todos pretenden ser soñadores delirantes, poetas patéticos. Él también. En eso sí no tuvo el tiempo la gentileza de diferenciarlo.
Ella pendía de un hilo muy delgado, de una estabilidad promiscua, en una estudiada fantasía, aunque dificilmente se sintiera comprendida. A los ojos del mundo era un espíritu libre, pero estaba llena de responsabilidades celestiales. La vida dibujaba en ella señas de que nunca la dejaría en paz, que la harían dudar.
Como dudaba él. Acaso esa persona frente suyo no fuera de carne y hueso, si los demás o sólo él podían verla. Como fuera, ella no simulaba, no fingía para nada. Pues no tenía espectativas de las extravagancias que otros anhelaban para sí. Considerarse a sí misma en una sociedad ideal le parecía opaco y triste, una utopía de la gente sin destino. Hubiera preferido subir el escalón a otra realidad.
Adónde él fuera ella iría. Adónde ella fuera él moriría. Ya no había cuerpo que sanar, era la hora de defenderse, de olvidar, de decidirse entre la felicidad esporádica o el equilibrio de la razón, de la paz ficta, de oir la desesperación de cada segundo al irse, de estar vivo hasta no estarlo más.
Fué sólo un momento el que se mantuvieron en silencio, inmóviles, en el que ella lo miró esperanzada, y luego él la miró también, y ella rió, y él ya no pudo odiarla. Fue sólo un momento, que pasó, y ella dijo adiós, y él dijo adiós; y ella pensó adiós, y el pensó perdón.
Otra vez el tiempo había sido poco.
Para mi "amiga" Jorgelina (1999)
ROMPECABEZAS
¿Aparezco tanto en tus sueños
como vos apareces en los mios?
Puedo prometer no interferir
pero no me pidas desaparecer, ni nada mas.
¿Le has rogado a la mañana que te mienta?
Una guirnalda de estrellas se ofrece sobre mi,
los pies enterrados en la arena,
ojos cerrados intuyendo el rio
y una piel
un mito improbable.
La tentación de una boca,
añoranza que niega otra boca,
desposeída por alcanzada,
abandonada por conseguida,
por el reto que ya no es, por la calma que no trae,
y porque puedo palpar su ombligo, las monedas de su vientre.
Como una pesadilla que se acaba cuando me duermo.
Como un rompecabezas con piezas
que nunca llegaran a unirse.
Un sustituto de la felicidad.
como vos apareces en los mios?
Puedo prometer no interferir
pero no me pidas desaparecer, ni nada mas.
¿Le has rogado a la mañana que te mienta?
Una guirnalda de estrellas se ofrece sobre mi,
los pies enterrados en la arena,
ojos cerrados intuyendo el rio
y una piel
un mito improbable.
La tentación de una boca,
añoranza que niega otra boca,
desposeída por alcanzada,
abandonada por conseguida,
por el reto que ya no es, por la calma que no trae,
y porque puedo palpar su ombligo, las monedas de su vientre.
Como una pesadilla que se acaba cuando me duermo.
Como un rompecabezas con piezas
que nunca llegaran a unirse.
Un sustituto de la felicidad.
domingo, 19 de abril de 2009
AFTER SUCH PLEASURES
Esta noche, buscando tu boca
en otra boca
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me
sumerge entre sus párpados,
qué tristeza es nadar al fin hacia la
orilla del sopor
sabiendo que el sopor es ese
esclavo innoble
que acepta las monedas falsas,
las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera
rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa
espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el
puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de
la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acomodarme de este
olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una
ventana sin estrellas.
Julio Cortázar
en otra boca
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me
sumerge entre sus párpados,
qué tristeza es nadar al fin hacia la
orilla del sopor
sabiendo que el sopor es ese
esclavo innoble
que acepta las monedas falsas,
las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera
rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa
espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el
puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de
la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acomodarme de este
olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una
ventana sin estrellas.
Julio Cortázar
jueves, 2 de abril de 2009
OIDO, NARIZ Y GARGANTA
"Estás durmiendo con alguien?"
La pregunta rajó la formalidad de la charla con su irreverencia. Podría haber sido una invitación descarada, chismerío barato, confesionalidad amistosa, o podría obedecer a alguna otra razón que yo conocía, por lo que mi otorrinolarigólogo aguardaba con ceño fruncido que saliera de mi pausa.
"Mi novia me dice que ronco demasiado, además se asusta porque por momentos dejo de respirar...bueno, mi ex novia, asi que en realidad la respuesta a su pregunta sería que no".
Su rostro se transformó en un ícono risueño.
"Bueno, seguro que no te dejó por eso".
Y yo solo podía pensar en estampillar su craneo en la pared a sus espaldas contra sus múltiples diplomas.
"Abrí la boca" dijo mientras aplastaba mi lengua con una espátula de metal y miraba iluminando el fondo de mi garganta.
"Ah, sos un desastre..."
"Gracias, doctor, lo se".
La pregunta rajó la formalidad de la charla con su irreverencia. Podría haber sido una invitación descarada, chismerío barato, confesionalidad amistosa, o podría obedecer a alguna otra razón que yo conocía, por lo que mi otorrinolarigólogo aguardaba con ceño fruncido que saliera de mi pausa.
"Mi novia me dice que ronco demasiado, además se asusta porque por momentos dejo de respirar...bueno, mi ex novia, asi que en realidad la respuesta a su pregunta sería que no".
Su rostro se transformó en un ícono risueño.
"Bueno, seguro que no te dejó por eso".
Y yo solo podía pensar en estampillar su craneo en la pared a sus espaldas contra sus múltiples diplomas.
"Abrí la boca" dijo mientras aplastaba mi lengua con una espátula de metal y miraba iluminando el fondo de mi garganta.
"Ah, sos un desastre..."
"Gracias, doctor, lo se".
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